

Retrocedamos unos cuantos miles de años atrás, queridos amigos y amigas radioyentes de La Otra Mirada. El hombre va dejando de ser nómada y de alimentarse solo persiguiendo a las fieras, y descubre algo extraordinario, la agricultura, pues un buen día se da cuenta de que plantando semillas en la tierra germina una planta nueva de la misma especie. Empieza a sembrar trigo, cebada, mijo y otros cereales, y aprende igualmente a hacer pan.
Empezamos, pues, nuestro viaje en Mesopotamia, donde alguien está a punto de darse cuenta de algo que no conocía… Un buen día, al hacer la masa del pan, y casi por casualidad, un buen dia un lugareño descubre que al fermentar había obtenido una especie de vino de grano que suplía la carencia de agua. Lo probó y se dio cuenta de que era muy tonificante.
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Había nacido…la cerveza.
Los caldeos y asirios llamaron a aquel líquido sikaru, y lo obtenían hirviendo el cereal fermentado en agua, que tenia un sabor ligeramente ácido para purificarlo de bacterias, algo muy importante en aquella calida zona. Si, aquello estaba bastante bien, pues servia como alimento y como bebida cuyo alcohol alegraba un poco el ánimo. Parece que lo tomaban con cañas largas, así conseguían dos cosas: filtrar los restos de cereal, e incrementar la potencia del alcohol, al tomarlo a sorbos.
Pronto aparecieron diversas variedades de sikaru, esa primera cerveza cuyo uso, como bebida embriagante, rápidamente se fue extendiendo; como la sikaru labiru, o cerveza vieja; la sikaru tabu, o cerveza buena; la sikaru damcu, o cerveza de buena calidad; la kurunnu, o cerveza fina, etc.
Como en aquella época no se conocía el azúcar, utilizaban dátiles. Así forzaban la producción de la encima diastasa y producían la maltosa que convertía al cereal en malta.
El comercio de la cerveza llegó a ser tan importante que en el Código de Hammurabi, (escrito hacia 1.750 a.C, y que es el Código de leyes mas antiguo que se conoce), ya viene reflejada su fabricación y venta, dictando leyes que protegían al consumidor. El comerciante que entregaba cerveza, debía de obtener a cambio trigo, y se imponían severos castigos para aquellos comerciantes que violaran la ley.
Vayámonos ahora al antiguo Egipto, donde la cerveza era tan importante como el pan, y tanto que, si en algún lugar no era posible plantar la vid, se usaba la cebada como sustituto, pues se podría elaborar una especie de vino, no muy distinto al vino verdadero cuyo consumo se recomendaba especialmente, por la alegría que infundía a los bebedores.

Oigamos a Herodoto:
“Se hace en Egipto con cebada una bebida que se llama zythum, que, por lo agradable de su color y gusto, cede muy poco al vino”
Vemos que está clara su composición. Herodoto dice que “Bebían vino hecho de cebada”. Este vino lo fabricaban con los granos germinados de cebada, que trituraban en un mortero. Con su harina hacían panes de cerveza. Tras hornearlos, se dejaban algo húmedos en su interior, y una vez fríos se troceaban introduciéndolos en jarras con agua, y como edulcorante utilizaban dátiles o miel. Después, se añadía la levadura y cuando terminaba la fermentación, se trasiega en una cuba, diluyéndose y tamizándose varias veces, estrujando la masa y guardándose el líquido final en ánforas y almacenándose en cuevas frescas.
La fabricación era muy estricta, realizándose con controles periódicos de calidad, cerrando las ánforas con sellos que no se desprecintaban hasta que se utilizaban por los cerveceros.

Que gusto hubiera sido, queridos amigos y amigas, pasear por el antiguo Egipto, viendo las pirámides y degustando una jarra de aquella cerveza…me habría gustado enormemente probarla. Aunque se trataba de una bebida muy distinta de la que tomamos ahora, era un alimento básico y cotidiano.
Avancemos en el tiempo. Los griegos difundieron la cerveza por el mediterráneo. Para los griegos la cerveza era la bebida nacional egipcia; pero en Grecia y Roma la cerveza tuvo pocos seguidores; quizás por su sabor, agrio y áspero, entendían que era una bebida más propia de países bárbaros que de un país civilizado. Solo los mas pobres tomaban cerveza, claro, era mas barata que el vino. Y hay algo que me sorprende muchísimo de mis adorados romanos: y es que consideraban a la cerveza como vino corrupto, y la elaboraban con trigo, avena y centeno. Eso si, la endulzaban con dátiles o miel, como los antiguos caldeos.
Y el inevitable paso del tiempo, amigos y amigas, nos conducirá hasta los monasterios del Norte de las Galias, en la Alta Edad Media, donde aparecerá un nuevo y decisivo ingrediente de la cerveza: el lúpulo. El descubrimiento del lúpulo puso fin al sabor dulzón y desagradable que tenia la cerveza y aparece así la cerveza tal y como hoy la conocemos. Los cerveceros medievales del Siglo XI no dudaron en amargarla con el polvillo amarillo del lúpulo.
Ahora me encuentro en una taberna de la Florencia del S. XIV, en la plena baja Edad Media. Estoy bebiendo una jarra de cerveza, y ya se parece mucho a la actual. El lúpulo sustituye a los aromatizantes hasta entonces utilizados, dando a la cebada alcohólicamente fermentada su amargor característico. El lúpulo contribuye decisivamente a su conservación. Además obra como eficaz antiséptico y estabilizador.
Y siguiendo con el recorrido del tiempo, me voy ahora a Bélgica. Me hallo en el S. XVI, y los frailes trapenses hacen otro tipo de cerveza, con más alcohol, cuyo consumo estaba reservado para ellos, los frailes, aunque también había otra cerveza más suave, indicada para las monjas.
Si os soy sincero, junto a la cerveza que habitualmente solemos tomar por aquí el sur, la cerveza de abadía es…una de mis favoritas. Veréis. En mi humilde opinión, uno de los placeres mas supremos que una persona puede tener es degustar una buena cerveza fresquita cuando tiene sed, y sobre todo, en verano. Al que le guste, claro. Y uno de esos momentos llegó cuando salí a correr hace dos domingos junto con otros nueve amigos del club de atletismo. Estamos entrenando para una media maratón, de modo que hicimos una tirada larga, una hora y cuarenta minutos corriendo. Salimos a las nueve de la mañana, con el fresquito, pero regresamos casi a las once, ya con el calor, imaginaros, cuando el sol ya caía a plomo.
Sudando, casi deshidratados, y cuando estábamos llegando a la meta, alguien llamado Cornelivs empezó a animarlos a todos diciendo: “animo, chicos, tenemos a nuestras rubias fresquitas esperándonos en la nevera”.
Y así fue; aterrizamos en mi casa, y allí estaban esperándonos nuestras preciosidades, rubias espumosas, fresquitas en la nevera. Mmm…Un gusto auténtico para el espíritu…los antiguos si que sabian lo que inventaron…un manjar de dioses. Porque en la vida, queridos amigos y amigas, hay que saborear los buenos momentos…
Buenas noches.

COMENTARIOS DE LOS LECTORES : 1 OPINION
| 1 | Esther dice : |
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| Bendita casualidad y bendito dÃa en el que aquel lugareño inventó el sikaru... que tantos buenos ratos nos ha hecho pasar ;) | ||||
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12 de Octubre de 2011 a las 16:54 |
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