
Buenas noches, queridos amigos y radioyentes de La Otra Mirada. Esta noche no hablaremos de historia ni de personajes históricos; si os parece bien, hablemos un poco de la vida y de sus cosas. También yo soy un ser humano, como uno de tantos, y esta noche, si me lo permitís, quisiera compartir un trocito de mi corazón con todos vosotros.
Veréis. Todos hemos vivido acontecimientos y situaciones que nos han hecho sufrir, o bien hemos atravesado momentos en los que nos hemos planteado muchas cosas. Como aquella reciente reunión del pasado mes de Agosto. En aquella reunión observé el mismo panorama de siempre. Era muy difícil que hubiera entendimiento. Además, el tiempo ya había separado los ánimos y los afectos, algo así como la deriva de los continentes, que hizo que se alejasen unos de otros sin remedio, de suerte que todo intento de aproximación entre ellos era, francamente, imposible.

Llegué a casa con mi espíritu quebrantado y con el corazón hecho jirones; lo cual se explica por la condición de familiares directos de muchos de los intervinientes. Pero también con mi conciencia enormemente tranquila.
Tras ello, tomé la decisión de desconectar de todo durante dos o tres días. Pensar. Meditar. Y así lo hice, revisando mi propio sistema: siempre he huido de los fundamentalismos o extremismos, políticos, religiosos o de cualquier otro tipo. No ceso de dar gracias a Seneca y Cervantes (que en mi adolescencia, y aun hoy, considero como mis segundos padres adoptivos literariamente hablando) por haberme dotado de una mente abierta, huyendo de toda radicalización de actitudes.
Y ya lo creo que esos tres días me vinieron muy bien pues saqué muchas conclusiones que esta noche quiero compartir con todos vosotros.
Algunas personas piensan que nunca se equivocan y que están en posesión de la verdad absoluta. Las llamaré mentes invariables. Y no se dan cuenta de lo errados que están, pues no quieren comprender que ningún conocimiento humano es infalible, sino que, “de tejas para abajo” –como decían los viejos- todo está sometido al posible error.

Claro está que ello no quiere decir que tengamos que ser siempre “del ultimo que llega”, ni tiene por qué restar ni un ápice de firmeza a nuestros convencimientos. Todos hemos de tener muy claros nuestra ideología y modo de pensar, sin ir mas lejos yo creo muy firmemente en mis postulados y los defiendo a veces con pasión y vehemencia; pero siempre he dejado la puerta abierta a la posibilidad (por remota que fuera, pero posibilidad al fin y al cabo) de estar en un error, y he tenido agallas para reconocerlo, incluso públicamente, agradeciendo muy sinceramente a todo aquel que me demuestre que estoy en un error. Claro, ha de demostrármelo. Solo es un pequeño aporte de realismo, que nunca viene mal, en mi humilde opinión.
No somos dioses; somos seres humanos. Pero hay algunas personas que se olvidan de ello, no se si consciente o inconscientemente, y quizás deberían de recordar que hasta los antiguos generales romanos victoriosos llevaban detrás el esclavo que les recordaba continuamente aquello de:
“¡Hominem te esse memento!": "¡Mira tras de ti! Recuerda que solo eres un hombre!"
Indudablemente, considero que todo fundamentalismo o extremismo es pernicioso por su propia naturaleza, pues convierte –artificialmente- todo conocimiento humano (y obviamente falible, como todo lo humano) en infalible. Es decir, el fundamentalista piensa que está en posesión de la verdad absoluta, y se niega a si mismo la posibilidad de poder estar en un error, negándose igualmente la consoladora posibilidad de crecer en sabiduría aprendiendo de sus errores, con lo cual con el tiempo se idiotiza lenta e irremediablemente. Obviamente, también acaba siendo intolerante y despreciando a los demás. Y lo que es peor: con el tiempo esta actitud puede provocar daños cerebrales o mentales irreversibles y de una amplia gama además, y algunas veces muy difíciles de detectar como por ejemplo, que terminarán no siendo conscientes de sus evidentísimos fallos. A fuerza de creerse perfectos, llegara un día en el que pensarán que realmente lo son. Y pensando así, no dudarán en hacer daño a los demás, incluso a gente querida.
En esa reunión lo comprobé de primerísima mano. Y ese descubrimiento de lo que yo ya intuía o sospechaba, junto con su actitud hacia los demás, me ha hecho muchísimo daño. Inicialmente sentí dolor y mucho malestar; más adelante, pena y conmiseración.
Por ello, y teniendo muy cerca el ejemplo, siempre he huido –y ahora huiré aún más- del fanatismo o fundamentalismo sobre cualquier tema. Me he definido, humildemente, como un buscador de la verdad. Bien. Esa tarde aprendí a seguir haciéndolo. No en vano soy “un hijo de la duda”, agnóstico y escéptico, aunque sumamente respetuoso con todo tipo de creencia, tanto religiosa como de cualquier tipo.
Los fanáticos pocas dudas tienen, por no decir ninguna, y dicen tener la verdad. Yo estoy lleno de dudas, y no tengo la verdad, sino que la busco.
Pero es curioso, pues esa duda, que otras veces me había ocasionado incertidumbre y algo de desasosiego, en aquella tarde me proporcionó muchísima paz. Relativicé mucho las cosas: me vino muy bien. Y decidí no pensar, sino dejarme llevar. Fijaros que reacción: recordé que en algún sitio tenia guardada una receta de Gazpacho Andaluz, y como me viniera gana de hacerlo, a la hora de la “ligá” (aperitivo, en castellano jiennense), disfruté como un cosaco con esa simple sencillez, elaborando ese gazpacho, y dándole su punto de sal, vinagre y aceite, mientras me tomaba una cerveza y unos aperitivos. Lo cierto es que me salió...riquísimo.
Me sentí a gusto. Y también feliz, al tener con quien compartir todo esto, aparte de los míos: con vosotros, mis queridos y queridas amigos y amigas radioyentes.
Por ello a todos mis amigos, y también a vosotros, amigos radioyentes, os pido un último favor,: no dejéis que me convierta en una mente invariable o intolerante. Cuando me equivoque en algo, o simplemente, cuando no estéis de acuerdo en algo conmigo, por favor, decídmelo, ¿ok? No me dejéis a solas con el error por compañero, siempre será un placer reconocer el error y aislarlo; o si no es un error, al menos discutir amigablemente con todos, aunque sobre alguna cuestión podamos tener puntos de vista distintos.
¿Que es la vida, sino un continuo pulimiento de nuestros propios errores? Por eso no quisiera ser un viejo fundamentalista e intolerante, solo y amargado, sino un viejo de mente abierta, simpático, quizás algo picarón, pero abierto de carácter, dialogador y por supuesto tolerante y respetuoso con cualquier forma de pensar. Lucharé siempre por intentarlo, al menos.
¿Recordáis lo que dijo Confucio?
"Cuando veas a un hombre bueno, trata de imitarlo; cuando veas a un hombre malo, examínate a ti mismo"
Estoy encantado de estar de vuelta… Buenas noches.
















